
Padre, os doy las gracias. Gracias por haberme acompañado al tren, el primer día de guerra. Gracias por las jornadas de caza, por todas. Gracias porque nuestra casa era cálida, y los platos no estaban desportillados. Gracias por aquel domingo bajo el haya de Vergezzi. Gracias por no haber levantado nunca la voz. Gracias por haberme escrito cada domingo desde que estoy aquí. Gracias por haber dejado siempre la puerta abierta cuando me iba a dormir. Gracias por haberme enseñado a amar los números. Gracias por no haber llorado nunca. Gracias por aquella velada en el teatro, vos y yo, como príncipes. Gracias por el olor de las castañas, cuando regresaba del colegio. Gracias por las misas al fondo de la iglesia, siempre de pie, nunca de rodillas. Gracias por haber llevado el traje blanco durante años, el primer día de verano. Gracias por el orgullo y por la melancolía. Gracias por este nombre que llevo. Gracias por esta vida que aferro. Gracias por estos ojos que ven, estas manos que tocan, esta mente que comprende. Gracias por los días y por los años. Gracias porque éramos nosotros. Gracias mil veces. Para siempre.
*Me voy de viaje, siberianos adorados, pero sepan que los llevo siempre conmigo (los llevo en mi corazón). Les dejo muchos cariños y mis mejores deseos para los días que están por venir. Gracias a cada uno de ustedes por todo lo que me han enseñado. Ya nos estaremos leyendo a mi regreso.
¡Mucha luz!




















